EMPODÉRATE CUIDANDO TU ALIMENTACIÓN

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Esta foto es de mi desayuno de esta mañana: una limonada casera, media docena de fresas, una torta de arroz con sardinillas (recicladas de la cena de la anoche anterior) y una taza de leche de arroz con sésamo molido y cereales de teff.

Ahora lo veo como un desayuno normal, pero cuando empecé a cambiar mi forma de desayunar y alimentarme en general me sentía bastante rara. Pero no me quedó más remedio que rendirme a la evidencia y empezar a hacer cambios, porque mi estilo de alimentación no me ayudaba en nada y estaba empezando a tener problemas de salud:

  • digestiones pesadas
  • hinchazón del vientre
  • esos kilos de más que no se van ni con agua hirviendo
  • picor en la piel
  • irritabilidad
  • debilidad generalizada

¿Cuál era el problema para empezar? La famosa leche, tan importante para los huesos por su aporte en calcio y bla, bla, bla… que me estaba fastidiando el estómago y el intestino. ¿Qué más? El pan, que me encantaba, y las galletas industriales, que también  me chiflaban y que me dejaban el intestino totalmente irritado gracias a la deficiente calidad del trigo que consumimos. Además el azúcar y esos hidratos de absorción rápida me creaban unos picos de glucosa que me dejaban sin energía de repente y entonces me entraba debilidad, flojera y hasta temblor en las extremidades. Y yo pensaba: ” vaya, necesito comer algo ya, tengo debilidad” y más galletas  o pan con chocolate. Con lo que prolongaba el efecto y el perjuicio en mi organismo.

¿Cuándo empecé a darme cuenta de que necesitaba un cambio, de que algo no funcionaba bien? Cuando comenzó a afectarme en el día a día. En mis relaciones con los demás y en mi capacidad para llevar adelante mis responsabilidades.

¿Cómo empezó el cambio? Poniendo en duda muchas de las cosas que daba por seguras como que los cereales son muy importantes y hay que tomar en abundancia todos los días, que el azúcar nos da energía o que la leche es básica en la dieta por su aporte de calcio.

Y me decidí a investigar y leer propuestas “alternativas”, me atreví a probar algo diferente y empecé a hacerlo junto con mis hijos. Resulta que ¡oh, sorpresa!, las frutas eran una excelente opción para estar nutridos con los azúcares que nuestro cuerpo necesitaba y sin el daño que ejerce el azúcar refinado.

A partir de ahí todo ha ido rodado y hasta he conseguido superar las miradas escépticas de otras personas cuando me ven comer “cosas raras” o se enteran de que he retirado totalmente la leche de mi dieta y la de mis hijos (salvo algunos helados en verano, jaja).

¿Cuáles han sido las actitudes fundamentales que me han mantenido sin abandonar en este reto? La necesidad de sentirme bien y la firme voluntad de cuidar mi salud y por tanto cuidarme yo de verdad, y la decisión de poner en duda prejuicios y creencias extendidas incluso entre la clase médica, confiando en las señales que me da mi cuerpo y que me guían mejor que los menús rígidos y las normas alimentarias generalizadas para toda la población.

¿Necesitas un cambio, necesitáis un cambio en tu familia? ¡Atrévete! Nosotras te acompañamos.

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