Qué le pasa a un niño cuando le obligas a comer

Michael'ssurprisecook-off!

Cuando los padres nos enfrentamos a un niño que no quiere comer lo primero que aparece es la sensación de pánico. Probablemente porque alimentarse es una necesidad básica que reconocemos como tal y para la que estamos programados respecto a nuestras crías. Es la base de la supervivencia.

Como animales inteligentes y sociales que somos el siguiente paso es la aparición de las creencias. Éstas son personales y dependen de experiencias y mensajes que nos han transmitido a lo largo de nuestra vida: “si no come se pondrá enfermo”, “si no come no puede crecer”, “si no come está saliéndose con la suya”.

El poder de estos mensajes internos es tan grande o más que el instinto de supervivencia. Se debe a que genera una serie de emociones en nosotros que al mismo tiempo retroalimentan esos pensamientos: sentimos miedo y rabia. Dos de las fuerzas emocionales más poderosas. Esa energía interna nos empuja a menudo a actuar de forma poco pedagógica en cuanto a educación alimentaria y poco respetuosa si hablamos de crianza.

Por eso es importante tomar conciencia del efecto que consiguen los premios y castigos con la comida: cualquier estrategia punitiva o de recompensa cuyo objeto es la comida provoca la transformación inmediata de una cuestión de salud en un asunto de manipulación entre padres e hijos. La manipulación en sí misma no es mala ni buena, es una realidad de la vida, todos manipulamos (manejamos-con-las-manos). Sin embargo la lucha de poder y el hecho de que usemos los alimentos para conseguir obediencia, atención, paz, control… automáticamente transforma un proceso fisiológico y social en un medio para llegar al objetivo que nos marcamos, tanto por parte de niños como de adultos. En ese momento el acto de alimentarnos, que tiene que ver con la percepción de las propias necesidades, la integridad física y el autocuidado, aparece como un objeto con el que negociar. El bienestar ya no es el objetivo, sino cualquiera de los anteriores descritos. Y empezaremos a tratar de alcanzar esos fines, sin darnos cuenta de que eso lo hacemos a costa de lo que sea, incluso de dañarnos o dañar a otros. Si para que mis padres me presten atención tengo que negarme a comer, o si para sentir que mi hijo me hace caso tengo que obligarle o castigarle con la comida, lo haré. Y así es como comienzan los trastornos alimentarios.

Por eso desde Family&Food, tanto Gema como Mª Pilar lo decimos claramente: no a la obligatoriedad de comer, no a los premios y castigos con la comida.

Un niño que es obligado a comer, en la forma que sea, tiene una mala relación con la comida, ergo tiene una mala relación con su necesidad básica de supervivencia. Esta es una realidad bastante desconocida que está detrás de muchas conductas auto-destructivas: en algún momento las personas perdemos la conexión con nuestro cuerpo físico, pese a vivir en él. Desconocemos las señales que nos envía porque nos convencimos  o nos convencieron de que estábamos equivocados cuando ya no podíamos comer más y “había que terminar todo lo del plato”, cuando nos otorgaron el afecto y la atención que tanto necesitábamos a cambio de “comer de todo” o “comer en condiciones para poder crecer”, cuando pensamos que éramos malos por no querer otro vaso de leche aunque nos diera asco.

Distraer haciendo el avión, tapar la nariz para que abra la boca, ponerle para merendar lo que no comió, negarle el postre como castigo, premiar con dulces, castigar sin TV-Nintendo-juguetes por no terminarlo todo, obligar a comer el vómito, enfadarnos cuando no les gusta lo que cocinamos, felicitar efusivamente por comer muy rápido y en grandes cantidades, comparar con otros niños, amenazar y atemorizar con consecuencias terribles si no come (te vas a quedar pequeño, se te va a caer el pelo, se van a reír de ti)… la lista es interminable.

Detrás de cada una de estas acciones hay un padre o madre desesperado. Porque cree que es muy importante que su hijo coma la cantidad, el tipo de comida, a la hora, con la velocidad que él-ella decida.

Para cerrar este artículo con positividad solo me quedan preguntas en el aire: ¿qué ejemplo das a tus hijos de todo eso que les exiges? ¿conoces las necesidades y la capacidad estomacal de tus hijos en función de su edad? ¿recuerdas cómo te sentías cuando te obligaban a comer?

Asume las consecuencias de lo que enseñas a tus hijos.Y si quieres efectos positivos, cambia de mentalidad y estrategias. En Family&Food somos expertos en esto.


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